miércoles, 1 de abril de 2009

El gato tuerto

 El gato tuerto

 

No espero ni remotamente que se conceda el menor crédito a la extraña, aunque familiar historia que voy a relatar.

 

La docilidad y la humanidad fueron mis características durante mi niñez, pepro atrajo sobre mí las burlas de mis compañeros.

 

Sentía devoción por los animales, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer o acariciaba.

 

Teníamos un gato, un animal tan fuerte como hermoso, completamente negro y de una lucidez maravillosa.

 

Mi mujer, que en el fondo es bastante supersticiosa, hacía frecuentes alusiones a la antigua creencia popular, que veía brujas disfrazadas en todos los gatos negros.

 

Poy, éste era el nombre del gato, era mi favorito y mi camarada. Yo le daba de comer y él me seguía por la casa adondequiera que iba, incluso llegué a permitirle que me acompañase por las calles.

 

Me hice luego más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos y llegué a emplear un lenguaje brutal con mi mujer. Más tarde, hasta la injurié con violencias personales.

 

Mi enfermedad me invadía cada vez más, pues ¿qué enfermedad es comparable a la ginebra?, y, con el tiempo, hasta el mismo Poy, que mientras tanto envejecía y naturalmente se iba haciendo un poco huraño, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

 

Una noche que entré en casa completamente borracho, me pareció que el gato evitaba mi vista. Lo agarré, pero, espantado de mi violencia, me hizo en una mano con sus garras una herida leve con sus garras. Saqué del bolsillo del pantalón una navaja, la abrí, agarré al pobre animal por la garganta y voluntariamente le hice saltar un ojo de su órbita.

 

Por la mañana, al recuperar la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi borrachera, experimenté una sensación mitad horror mitad remordimiento, por el crimen que había cometido.

 

Bien pronto ahogué en ginebra todo recuerdo de mi episodio con la navaja.

No hay comentarios:

Publicar un comentario