Julio se despertó temprano, mucho antes del amanecer, con un fuerte picor en el pie derecho.
Se encontraba acurrucado, rascándose con toda la mano la piel junto al tobillo; había pasado las yemas del índice y del corazón por la zona recalentada, buscando el habón de un mosquito.
Una prominencia suave y redondeada le confirmó la sospecha.
Hacía calor, aunque ya estaba acabando septiembre.
Esperó quieto, afinando el oído para descubrir el zumbido, y abrió ligeramente los ojos.
El despertador marcaba las 5:10, y el piloto rojo del insecticida estaba encendido, pensó en que la carga debía haberse agotado y volvió a cerrar los ojos.
Pasó el resto de la noche en duermevela, preocupado por dormirse profundamente y llegar tarde.
El ventilador del techo producía un leve crujido; afuera empezaban a oírse los primeros trinos de los pájaros.
La voz del locutor de radio anunciaba una canción de Janis Joplin; esperó a escucharla antes de salir de la cama.
Encendió la luz de la mesilla y se detuvo un rato buscando por las paredes y el techo de la habitación.
El mosquito estaba en una esquina de la marquesina de escayola.
Se subió a la cama, armado con una revista enrollada, le asestó un golpe fallido y el bicho salió volando despacio, como si ignorara sus intenciones o como si no las temiera; a ocultarse entre las cortinas.
Cerró la ventana para que no escapase, y se fue a la cocina a buscar un bote de insecticida, que dejó enchufado.
Cerró la puerta, y se vio en el espejo sonriendo por el sabor de la venganza, mientras se cepillaba los dientes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario