ELOGIO A GROUCHO
Para mejorar en el camino de la deseada autorrealización un paso importante deberá ser la batalla para plantar el humor en tu vida.
Por si no queda claro, hablo de saber vivir, aunque sea un minuto cada día, por encima del recuerdo de nuestro agobiante pasado, sin estar pendiente de nuestras reservas ni de nuestros retos.
Hablo de poder sonreír aún sabiendo del duro mañana que profetizan los agoreros.
Hablo de no dejar de reírnos, a carcajadas si es posible, aunque sea por un segundo de los hechos triviales de nuestro diario padecer.
La risa es, y los médicos –aunque jubilatas seamos- lo sabemos, una de las formas probadas de producir endorfinas. O sea, placer.
Quizá porque nuestro cuerpo sabe naturalmente estos detalles, aunque nuestro entendimiento lo ignore, asociamos naturalmente el buen humor con el ‘justo medio’ la manera de encontrar la felicidad que se enseñaba en el liceo.
Así como en los cuentos el héroe libera a la princesa salvando todos los obstáculos para volver a casa triunfante, en lo cómico la risa nos libera a todos de las prohibiciones de la sabiduría y la de la coherencia, para poder volver al hogar de lo espontáneo.
El chiste, la anécdota y la humorada siempre nos recuerda la necesidad de enfrentarnos con lo que no se esperaba: el desafío de lo evidente, lo regulado y lo repetido.
El humor nos advierte que el orden es rígido, que determinadas reglas no tiene sentido y nos previene de nuestras torpezas y distracciones, nos alerta ante la estupidez propia y ajena.
Elijo el humor de quien se ríe de lo de otros solamente porque es igual a lo propio y demuestra así su capacidad de reírse de sí mismo.
Reírse de uno mismo, enseña a gozar con las extrañas y absurdas cosas que nos suceden, es la señal de madurez que siente el que está seguro de sí mismo –la puta autoestima-.
Sonríe hasta que provoque la sonrisa a los tristes, a los tímidos y sobre todo a los aburridos (difícil)
Sonríe a los amigos, a los ancianos, a los jóvenes, a su familia y a sus adversarios (aquí me estoy pasando).
Groucho Marx escribió un breve epitafio para que apareciera escrito en su tumba, un mensaje dirigido a quienes lo visitaran tras su muerte.
Dice: PERDONEN SI NO ME LEVANTO.

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