jueves, 2 de abril de 2009

La muerta

 

La muerta ha pasado mi habitación; no hay remedio.

Aquí en frente, con la piel espesa, enrojecida y

los intestinos haciendo pompas de jabón por el ombligo, se acerca y su olor hediondo lo llena todo, se le empieza a caer un brazo, lo recoge y le pega un mordisco con la cara desencajada de la risa.

No podía detenerla, se acercaba cada vez más a mí, y sólo tenía defensa apoyado en la pared.

Por supuesto me alcanzó, sentí un aliento de ultratumba, a pescado viejo y podrido.

Un saco de gusanos que se desparrama encima de mi: sus huesos blandos como plastilina, pero me agarra del cuello, se recoge sobre sí misma

la muerta de los pezones como colgajos blandos,

deslizándose las tetas hacia un suelo lleno de vísceras, de intestinos resbaladizos con los que tropiezas, y la zombie es una mancha de tejidos blandos en el suelo.

 

 

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