viernes, 3 de abril de 2009

La tortuga del enano.

Era una noche oscura en un verano lluvioso.

La luna llena esperada para la fiesta del plenilunio de agosto estaba detrás de unas pocas nubes que dejaban caer agua en el mar bravío y ventoso, sucio de algas podridas y caracolas muertas.

La hoguera encendía los ojos de la gente, ora más rojos que de costumbre por el barreño de mojitos, el hachís, o el simple deseo, ora tristes o irritados por la arena fina que el viento lanzaba como perdigones.

Carlos se refugió en una de los agujeros que el oleaje había labrado en las rocas amarillas, del mismo color de la arena en donde todos bailaban, reían o paseaban esperando que las nubes despejaran y ellos pudieran chillarle a la luna como lobos enfebrecidos hasta que sus gargantas no pudieran más; pero se tenían que conformar con el resplandor de la hoguera y el chisporroteo de los leños húmedos de agua y de sal.

Carlos encendió un cigarrillo.

La brasa brillaba incandescente.

Le pareció sobrenatural, demasiado roja para ser simple tabaco ardiendo, como si estuviera quemando una bengala, o mirara el yerro al rojo en el fuego de la fragua.

El mar tenia un extraño tono turquesa, la espuma parecía un suflé de mandarina, y el olor de la noche le embriagaba como el más profundo de los perfumes franceses.

Tranquilo en su cobatica, a lo lejos oía su nombre y su inmediata presencia.

Carlos los miraba y sentía extrañeza y necesitaba estar solo; aplastó la colilla en la arena para que esa brasa tan intensa no le delatara.

La luna entraba y salía por las grietas del cielo; entonces los gritos llegarían seguramente hasta los valles y los cráteres de la luna, y la hoguera, ya ceniza, la arrastró el solano hasta que ni un solo rescoldo brilló.

El barreño de los mojitos lo llevaban entre dos sombras que se movían como cables azotados por el solano; entonces sintió escalofríos y se acerco a su tienda.

Las rocas que pisaba tenían consistencia de medusas, el viento era una lluvia de flechas, pero la oscuridad estaba aliviada por una luna ya en lo alto del cielo.

Entró en su tienda.

El farolillo de neón le pareció como la más brillante de las espadas de Yoda.

Se tumbó y esperó a Carmen. A ella le encantaba la noche y seguramente estaría bañándose en la orilla.

El techo rojo de la tienda le pareció grande como la cúpula de una iglesia, y en el fondo liso parecían dibujarse frescos de Miró, con figuritas cambiantes de todos los colores y las más caprichosa formas que pudiera imaginar.

Entró Carmen con una sonrisa tan resplandeciente como brillantes, y se tumbó a mi lado.

¿Ves lo que yo veo en el techo?, preguntó.

¿Los colores y los animalillos, eh?, respondió.

Si, el muy cabronazo de Lolo llenó la tortilla de verduras con setas de los enanos, dijo ella.

Mejor dormimos, cielo.

Mejor no.

 

 

 

 

 

 

 

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