La niña descendió la escalera de la cocina y bajó el tarro de la miel.
La casa estaba a oscuras, pero ella sabía hasta en donde no pisar para que los escalones no crujieran y no la delataran.
Volcó sobre su boca lo que tanto deseaba y un hilo de oro brilló por su garganta a la luz de las estrellas.
Los pasos que escuchó en la escalera los reconoció como si en vez de los 10 años que cumplía en mayo, hubiera convivido con él una vida; su abuelo.
Ella lo adoraba.
Le contaba cuentos e historias en la cabecera de la cama cuando el invierno escondía el sol demasiado pronto.
Pero no quería que la pillase bebiendo miel; en casa era un bien precioso y era delito quitarle parte a los demás.
Eso la hacía sentirse culpable, y aunque no sabía muy bien que era eso de culpable, sentía hormiguillas picajosas por su piel y por su vientre.
Dio un paso atrás y se refugió detrás de una mecedora.
No podía ver nada, solo escuchaba los pasos de su abuelo amortiguados por sus zapatillas de lana en el suelo de barro de la cocina.
El abuelo encendió una lámpara y la oscuridad se transformo en una posibilidad delatora que la aterró, así que se acurrucó bajo la mecedora y solo su cabecita asomaba por la celosía del respaldo, y sus ojos, como los de las moscas, veían a su abuelo cuadriculado en una rejilla.
El abuelo descolgó el teléfono.
Hay que matar a Matilda ¿Me has entendido?
La niña rebotó contra el suelo al escuchar su nombre, Matilda, mientras se calzaba bien las zapatillas por si había que salir corriendo.
¿Ya había notado la falta de miel su abuelo?
¿Qué estaba diciendo?
La muy bruja me ha traicionado, Bob, me ha quitado algo muy valioso para la familia, escuchó Matilda.
Tu te encargas, Bob, me lo debes.
Ya sabes su dirección, Matilda Schmidt, Manhattan 20005, NY. Mañana lo quiero hecho, coge vuelo esta noche.
Gracias, Bob.
Matilda estaba más fría que el barro que apenas aislaba su pijama de algodón, pero respiró tranquila cuando su abuelo apagó la luz y sus pisadas se perdieron en su dormitorio.
Tomó la miel y la volcó en su boca como río de oro, y la tragó sin apenas patalearla.
Luego subió los escalones y, sin limpiarse los dientes, se durmió con el dulce sabor de la miel en la boca.

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