Unos días después me fui al medico por unos análisis de orina y qué cara me vería que me hizo una radiografía del coco mientras miraba preocupado a la enfermera.
Ella, con la mano en el interruptor, me miraba indiferente.
Los resultados, que mal se aprecian en mi radiografía (es de la SS), descubren un cerebro del tamaño de una olivica partía flotando en el universo vacío que contiene mi cocorota.
Perplejo, salí a la calle mientras pensaba lo triste que estaba y lo solo que estaba.
Aunque mi cerebro halla encogido en una autentica labor heroica para proteger a su dueño de las próximas navidades, cuando volverá a su volumen normal, más bien abultado.
Cómo mola mi perola.

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