jueves, 2 de abril de 2009

sobrasada's dreams

Sobrasada’s dream

 

 

Hacía media hora me había marchado a la cama con una revista vieja que llevaba en la portada una foto del Ché, cansado de estar mirando programas absurdos de los canales por cable.

Media hora después ya apagaba la luz y dejaba caer la revista por el lado de las sábanas.

El sonido del papel golpeando el suelo de madera me llevó al mundo de los sueños como si de un cable de acero atado a mis pies se tratara: el crujido del papel era una puerta que cerraba mis ojos, ya pesados como cadenas, y en media vuelta puse una mano en la mejilla y pensé en dormir.

Lola apareció en la puerta abierta.

La luz del baño estaba encendida y una sombra se acercaba para saber si estaba dormido; era una sombra oscura por el contraluz, pero algo que llevaba en una mano brillaba, un tarro blanco de crema hidratante, pensé.

¿Estás despierto, cielo?

Me hice el dormido.

Destapó el tarro junto a mi cabeza sin meterse siquiera entre las sábanas: un olor a sobrasada inundó la almohada. El sonido a plástico duro de la tapa llenó el silencio de la habitación.

La notaba respirar más rápida.

Pero yo, aunque sabía que no la engañaba si no movía ni un solo músculo, aceleraba mi respiración para que para que le parecieran ronquidos.

Por el sonido de la ropa en el suelo supe que se estaba desvistiendo, y como no metió la mano bajo la almohada, sabía que estaba desnuda cuando se metió a mi lado.

La extraña crema hidratante con olor a sobrasada estaba en su mesilla.

¿Pepo?

¿Estás despierto, Pepo?

Yo estaba tan confundido como para no saber si saltarle a los morros o seguir con mi puto paripé de hombre hastiado y puñeteramente soñoliento.

Ella se movió, metió el dedo corazón en el pringue de la mesilla y, muy suavemente, me lo restregó en una oreja.

Con la punta de la lengua me limpió todos los recovecos de sobrasada y por entonces mis calzoncillos habían perdido talla inopinadamente.

No hice ni puto caso, como si mi sueño fuera más profundo que las putas fosas de Las Marianas o mi hastío superara el de un preso a perpetuidad, justo antes de que lo fueran a indultar; quise saber a que estaba dispuesta mi negrita.

Ella siguió un par de veces más con sus bocadillos de oreja y me tuve que girar para que mi erección no delatara que estaba despierto.

Ella estaba hambrienta y caliente, pero yo tenía un creciente complejo de jilipollas tan grande como el bulto que me ruborizaba.

Ella se durmió.

Yo no pude pegar ojo y miraba con recelo el tarro de la sobrasada de la mesilla hasta que los pájaros del amanecer me levantaron.

Esa mañana desayuné tostadas de sobrasada y mientras olía el café, pensaba en Lola, mi negrita.

 

 

 

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