Había una vez un lugar muy lejano en el tiempo, donde a los hombres y a las mujeres se le ponían los ojos como platos cuando recogían las cosas del mundo.
Iban desnudos, dormían sobre el suelo o la hierba cuando no se la fumaban, abrigados solo por las copas de los árboles, si no vivían en el desierto, arrejuntados para soportar mejor el fresco de la mañana, o para echar un polvo.
Y despertaban con ese sol de mandarina y lo hacían un dios, bebían el agua del arroyo (si no vivían en el desierto) y hacían dios al agua porque les quitaba la sed.
Miraban con asombro, con ojos de plato sopero, o achinados, según la región del vasto mundo lo que les rodeaba, y con naturalidad tomaban lo que el mundo les ofrecía: si manzanas, manzanas, si nabicoles, nabicoles, si termitas, termitas, y no acumulaban (no tenían nevera) Entonces el mundo les pertenecía sin perder el asombro por su belleza, por la redondez de los tomates, por el brillo de la luna, por la mirada de alguien a un compañero, él también satisfecho, él también asombrado, y juntos caminaban por lo que los imbéciles llamaron paraíso.
Asombrados siempre por lo desconocido, satisfechos de sentirse parte de la tierra recorrieron a pie largos caminos vadeando ríos inimaginables a nado, con la mirada en el nuevo sol del nuevo amanecer, el mañana. Nunca melancólicos, casi siempre asustados por las fieras por venir escondidas en la maleza o subidas al tronco de un árbol (estaba todo lleno de árboles menos en el desierto, claro).
Dormían a saltos, no tenían pastillas de los nervios, mirando la luna pasar por las copas de los árboles con ojos muy redondos por el misterio de la vida, mano a mano con la compañera, soñando con encontrar algún sitio mejor. Pronto babeaban en unas matillas de yerba, escuchando vagamente un ronquido lejano.
Estaba en el mundo del dios de los sueños, allí había muchas manzanas, manaba agua de las piedras (nadie sueña con el jodido desierto), había más gente que cantaba al fuego con ritmo alegre, y se juntaban a las brasas para contarse las cosas que les asombraban, los gigantescos ríos del pasado, las…
Las mañanas eran como ahora.
Ese lugar tan lejano en el tiempo se parece mucho a este mundo de ahora: es el mismo espacio que el tiempo ha deformado, a base de muchos hombres y muchas mujeres .A base de antílopes, de patatas, de pescado; antes con miedo, ahora con ansiedad, mirando la misma luna, cegados igual por el sol de mediodía.

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