Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. (El Inmortal. Borges).
Una mañana de primavera había abierto el periódico por la página trasera, como inútil venganza que mantuve a diario contra mi padre, un hombre alto y callado que leía minuciosamente la Hoja del Lunes de principio a fin ayudado de una pequeña lupa, mientras yo esperaba impaciente a que sus ojos miopes terminaran para refugiarme en el retrete con mi pequeño tesoro y, con un gesto de desafío colocarlo vuelto sobre un taburete blanco, pasar una mano por el papel para sentir su tacto rugoso y empezar con la lectura desde la contraportada.
Estaba sentado una mañana en mi vieja mecedora, tantas veces restaurada que ya formaba parte de mi cuerpo, con la cabeza recostada en una de sus orejas.
Luego me serví un vaso largo de zumo, que bebí despacio, disfrutando del sabor dulzón de las últimas naranjas de temporada.
Cerré el periódico sobre mi regazo y me quedé adormilado por la tibieza de los rayos del sol que a esa hora inundaban la estancia cuando sentí apenas cómo el periódico se deslizaba por entre mis dedos y caía con un ruido sordo sobre una alfombra de lana en la que posaba los pies descalzos.
Debía ser alrededor de mediodía cuando desperté de mi siesta mañanera.
Me acerqué a la cocina y traje a la mesa un trozo de queso, media botella de vino tinto que quedaba en la nevera y una manzana, que dejé en una bandeja al lado de la prensa.
El periódico había quedado abierto por la hoja de las esquelas junto a un balancín de la mecedora. Lo recogí del suelo para continuar leyéndolo después de almorzar, pero unas palabras borrosas me parecieron familiares.
Me coloqué las gafas de leer y, al inclinarme sobre la mesa para verlas con claridad, algo que me sospechaba se hizo realidad: Raimundo Morís había fallecido el viernes pasado.
Al principio pensé que se trataba de una pesadilla, de una mala jugada de mis ojos, pero las palabras se negaban a borrarse del papel impreso, y las iniciales en mayúsculas cobraban vida propia hasta convertirse en una fotografía de Raimundo: no la de un hombre adulto más o menos de mi edad, sino la de un niño flaco y rubio que conocí en el pueblo que nos vio crecer.
Un helor que me erizó como a un gato asustado me recordó la nochevieja de 1991, la más fría que nadie recordó.
Desde mi ventana miro las embarcaciones faenar en la bocana hasta la anochecida y recuerdo la terrible convulsión por un crimen que no fue; imágenes más vivas que el ahora, más intensas que si estuvieran ocurriendo, como si los años transcurridos nunca existieran.
Mi naturaleza pasea por las calles como en una película reciente; los personajes mantienen la corporeidad, en nada se parecen a los fantasmas.
Mis huesos envejecidos adolecen de la inclemencia del aire helado; mi memoria de la mirada de estupor de la gente.
No soporto el eco de las calles repletas de curiosos, ni el sonido hueco de la campana, ni la algarabía de las gaviotas sobrevolando el campanario.
Escucho el viento meciendo las ramas de los eucaliptos, de los pinos del acantilado; me ciega el resplandor de los amaneceres.
La luz de entonces la necesito ahora para esclarecer los argumentos borrosos por los años pasados, que me hacen imposible recordar la mirada de Morís, o la quietud que me enseñaba lo absurdo de darle vueltas a las cosas si se torcían.
No sé qué me impulsa a contar todo esto, ni siquiera recuerdo si acordé silencio.
Estoy recostado en un sillón, con la mirada en el jardín de la vivienda que habito. Abril ha florecido los rosales, el magnolio, y un sauce brota protegido en la penumbra.
Estoy cómodo sentado, saboreando naranjas con unas gotas de ron, reconfortado de las inclemencias de una memoria cruel que me lleva de nuevo a las verbenas, a la nostalgia enterrada, al aroma de los arroces, del azafrán, del ajo y del tomate.
El color blanco de las humaredas de leños de pino verde de las fogatas llegaba con la brisa marina a las casas altas del pueblo a pie de las terreras del monte horadado, como seres derramados en la ladera con ojos huecos siglos atrás.
Mi vejez anticipada hace mezclar mis recuerdos, acaso por escapar del daño de su presencia.
Nunca fui persona que creyera que la limpieza purifica el presente, ni mucho menos el pasado.
En la claridad de los cristales del balcón se asoman las plantas de mi patio, las macetas de gitanillas, la hiedra, una acacia lejana que florece; escucho el murmullo del agua de la fuente, el trino de los gorriones del tejado.
Raimundo fue mi compañero en la infancia, con él sentí de verdad qué significa estar vivo. Nunca le hubiera entregado a nadie por mucha autoridad que acreditara, y le hubiera defendido de cualquier agresión aún a costa de mi propia integridad.
Eso creía pensar; ahora hablo por respeto a los muertos.

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